La ecoansiedad, un término introducido por la Asociación Estadounidense de Psicología en 2017, sigue siendo objeto de estudio y debate entre los profesionales de la salud mental. Este concepto se refiere a la ansiedad y preocupación que sienten las personas ante la crisis climática, y aunque no se ha llegado a un consenso sobre su clasificación como trastorno psicológico, su impacto es evidente, especialmente entre los jóvenes y aquellos involucrados en el activismo ambiental.
Tamara Hoffmann, psicóloga clínica y candidata a doctora en Psicoterapia por la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica de Chile, ha estado investigando la ecoansiedad en jóvenes chilenos. Durante su participación en el Congreso Futuro 2026, Hoffmann presentó hallazgos que revelan que el 91% de los 1.513 jóvenes encuestados en el sondeo Juventudes y Crisis Climática de INJUV, realizado en 2024, creen que el cambio climático tendrá efectos negativos en su calidad de vida. Los sentimientos de preocupación, tristeza y miedo son los más comunes entre estos jóvenes, con un 21%, 18% y 12% respectivamente.
Hoffmann explicó que, aunque la ecoansiedad no se considera un trastorno patológico, puede tener elementos que se vuelven desadaptativos. “Los psicólogos ambientales dicen que es adaptativa. Si una persona empieza a estudiar toda la evidencia científica que existe del cambio climático, claramente va a sentir algún grado de preocupación y de angustia”, comentó. Sin embargo, también advirtió que si estos sentimientos interfieren con las actividades diarias o las relaciones interpersonales, podría ser un indicativo de que se necesita ayuda psicológica.
La investigación de Hoffmann también destaca que los grupos más afectados por la ecoansiedad incluyen a jóvenes, activistas ambientales y comunidades indígenas, quienes tienen una conexión más profunda con la naturaleza. “La ecoansiedad en ellos es mucho más fuerte, porque no solo tienen conocimiento de lo que está pasando, también presentan esta cosmovisión desde su propia etnia”, señaló, refiriéndose a comunidades como las Mapuche, Aimara y Rapa Nui.
El contexto también juega un papel crucial en la manifestación de la ecoansiedad. Personas que viven en áreas afectadas por desastres ambientales, como incendios forestales o escasez de agua, tienden a experimentar niveles más altos de ansiedad relacionada con el medio ambiente. Hoffmann identificó síntomas como pensamientos rumiantes, insomnio y somatización, que pueden indicar la necesidad de intervención psicológica.
La validación de la ecoansiedad es fundamental, según Hoffmann, ya que ignorar estas emociones puede llevar al negacionismo climático. “Invalidar estas emociones hasta llega a ser un acto político, porque están negando un problema grave a nivel planetario”, afirmó. La experta también subrayó la importancia de canalizar la ecoansiedad hacia acciones positivas y constructivas, en lugar de caer en la desesperanza.
Hoffmann concluyó que, a pesar de los desafíos, hay razones para mantener la esperanza. La resiliencia humana y los avances tecnológicos, como la inteligencia artificial, pueden ofrecer soluciones a los problemas ecológicos. “La naturaleza sigue su curso, independiente de que el ser humano la destruya, siempre va a resistir”, enfatizó, instando a quienes se sientan abrumados por la ecoansiedad a buscar apoyo psicológico para enfrentar estos desafíos globales.
