Viña 2019, día seis: prefiero que me odien, pero que nunca me olviden

El Festival de Viña del Mar llegó a su fin, pero no con ese glamour que tanto extrañan los nostálgicos, a ratos refugiados en el Rosco de “Pasapalabra” o en algún título de Netflix. El último capítulo del certamen provocó la misma molestia que la llamada del conserje a la medianoche pidiendo bajar el volumen de la fiesta. A lo mejor muchos soñaban con que Queen y Adam Lambert aparecieran para arreglarlo todo. O con Lady Gaga saltando desde la concha acústica como en el Super Bowl. Soñar es gratis (todavía), pero traer a artistas de renombre no lo es. Menos con una alcaldía puesta en tela de juicio en reiteradas ocasiones y dos canales especialistas en crisis.

Pese a lo anterior, ocurrió un milagro que revivió las esperanzas de un festival recuperado. Tras el saludo inicial de Martín Cárcamo y María Luisa Godoy, más una tanda de comerciales, se presentaron las dos canciones ganadoras de las competencias internacional y folclórica: “Ya no más”, de la peruana Susan Ochoa, y “Justo ahora”, de los argentinos Destino San Javier. Hay que preguntarse si para el próximo año sería buena idea que las competencias fueran al principio. Total, el monstruo es paciente y anoche lo demostró con creces. Pero no hay que acelerarse.

La jornada de clausura partió con Bad Bunny, un hombre catalogado como el rey del pop latino por la mismísima Rolling Stone. También suele ser el objeto de burla preferido de los anónimos puristas que tapizaron Twitter con sus reclamos. Resultó encantador aquel video collage con el que introdujo su actuación. En él aparecían Gustavo Cerati, Daddy Yankee, Gloria Trevi y Juan Luis Guerra, entre otros próceres de la música latinoamericana que alguna vez pasaron por el festival. Con la “Primavera” de Antonio Vivaldi (la banda sonora de los intelectuales) como música de fondo, la premisa de la introducción era hacer notar que por la Quinta Vergara pasaron las estrellas más importantes y respetadas del continente. Aunque “ninguno de ellos… cantante de trap”.

El mensaje fue notable. Fue como el beso de la muerte dedicado a sus detractores. Pero pocos lo notaron, porque el ojo que apareció en la pantalla después del video opacó lo anterior. Con “Estamos bien”, el “Conejo Malo” apareció vestido de rosado, con la capucha del polerón puesta y lentes negros que recordaban a cierto meme llamado “deal with it”. A diferencia del monstruo genuflexo que recibió a los Backstreet Boys, el público de anoche quería carrete y Bad Bunny les dio la mejor fiesta de sus vidas, para desgracia de los viudos del Festival de Viña de 1981.

Bad Bunny no tiene una voz extraordinaria, es el zar del autotune y de verdad cuesta entender lo que dice, aunque eso último no importó demasiado porque casi toda la Quinta Vergara se sabía la letra de sus canciones. Como un ejemplo para los escépticos, la cámara supo captar a la profesora Maitén Montenegro y al estricto Neilas Katinas bailando al ritmo del trap. Esta vez el sonido acompañó y el over playback no lo superó, a diferencia de lo ocurrido más tarde con Becky G.

Se paseó por el escenario, se presentó, agradeció y rindió homenajes. En “Amorfoda”, dedicada al famoso e insigne Chimuelo, los asistentes encendieron las linternas de sus celulares y en lo más profundo de sus discos duros recordaron al ex que más los cagó (en vista de los garabatos que se han dicho en esta edición, nos permitimos utilizar este verbo). También trajo a El Alfa, exponente del dembow, y a Arcángel, una institución del reggaetón que distrajo la vista con sus guantes amarillos de lavar loza.

¿Por qué la gente ama el trap? Por su sencillez. Sus exponentes coinciden en que se trata de un género democrático. Los más populares partieron en sus casas, con un computador, un software, un micrófono y las ganas. No se necesitan mayores explicaciones porque la música simplemente es. ¿Querer a Bad Bunny es obligatorio? No. ¿Y a los Beatles? Tampoco. ¿Conocerlos? Depende. Son distintas generaciones, lugares, necesidades, estímulos, búsquedas. Por otra parte, catalogar al fanático del trap como reo, lanza o posero con pistola es deleznable. También lo es la respuesta de vuelta: odiar a Bad Bunny no es igual a tener más coeficiente intelectual. De todos modos, la música es tan diversa que Spotify te da la chance de silenciar (o cancelar, el verbo de la última era) a los artistas odiados.

Hablando de silencios, después de Bad Bunny fue el turno de Bonco Quiñongo, un comediante cubano que hizo tres cosas. La primera fue cumplir con el cuoteo del humor internacional impuesto por la cadena estadounidense de turno. Lo otro fue superar a Pedro Ruminot en la cantidad de veces que dijo “negro”. Aunque acá estábamos ante un negro-negro, cuya sonrisa es un foco más del escenario. Lo tercero fue dejar en claro que en Cuba es muy difícil conseguir chicles. A diferencia de Mauricio Palma, el humorista del día anterior, Quiñongo no tenía que sobrevivir tras un número fuerte. Sin embargo, su trabajo era hacer reír y no lo consiguió del todo. De hecho, si hubo carcajadas destacables dentro y fuera de la Quinta, fue por los toques de diana de Pancho Saavedra desde el palco.

Quiñongo fue más bien un cuentacuentos con poca gracia y con el mismo volumen de voz que Rafael Araneda, que sólo reafirmó —desde su vereda— la rutina insuperable de Jorge Alís en torno a la migración. Cumplido el deber, se retiró del escenario con todos los huesos en su lugar y los animadores dieron el pase a los comerciales, desatando una pifiadera más del monstruo, que Carlos Rivera no logró revertir en el backstage con su premio al artista más popular. A la vuelta ocurrió algo inesperado: lo hicieron regresar y le entregaron la gaviota de plata. El monstruo siguió reclamando y le dieron la de oro. El comediante de visita agradeció al público con una frase que sí fue graciosa: “Estoy viviendo la mejor película de mi vida. El monstruo no se comió al negro”.

Becky G fue la última en presentarse. Apareció con un vestuario color Canal 13 —había que compensar que los reyes de Viña fueran de TVN— y desató el perreo con “Booty”, la canción con la que abrió su espectáculo. Tal fue la magia de la estadounidense de origen latino que juntó a Pancho Saavedra con Karen Doggenweiler, en una danza sublime que fue lo más genuino de la alianza estratégica entre los dos canales.

El público que se quedó —en síntesis, casi todos— aguantó el frío sólo para corear “Mayores”, el tema que catapultó a la cantante, alzándola como una de las mujeres que cambiaron la historia masculina del reggaetón. Mencionó en dicha canción a Luka Tudor, su compañero del jurado, lo que seguramente otorgará cien años de material a “Los Tenores” de ADN. También se podía leer el estribillo en las pantallas del escenario, en especial el “que no me quepa en la boca”, frase que seguramente generó un colapso en las mentes de Vasco Moulián y Patricia Maldonado, guardianes de la moral y las buenas costumbres más cercanos a dos gatos cuidando una carnicería.

Becky G celebró sus 22 años recién cumplidos y recibió dos gaviotas de regalo. La primera fue prácticamente impuesta, porque el público esperaba que interpretara más canciones antes de hacer la petición. Al carecer de hits en solitario y con un repertorio basado en colaboraciones, la calidad de su show palideció con sus acompañantes fantasmas. Incluso parecía ilógico que Bad Bunny no se quedara un ratito más para cantar “Mayores” con ella. Su show duró poco más de media hora.

Para hacer un análisis más profundo y enfrentarnos a la vergüenza de un festival cada día más parecido a una transnacional, hay que recuperarse de la resaca del carrete y calmar las pasiones. Por suerte, el próximo certamen ya tiene fecha y comenzaron las apuestas. Habrá que esperar. De pronto la organización agacha el moño y destina los meses que vienen en arreglar el formato. O simplemente se dedicará a ilusionarnos como todos los años, tal como aquella broma en que te pasan la caja de un iPhone y dentro de ella encuentras un celular con teclas.

Viña 2019, día cinco: caída de carnet

En la era del streaming y las redes sociales, existe un ferviente deseo de toda una generación de revivir una época en que los artistas eran realmente inalcanzables, por lo que tocaba hacer múltiples esfuerzos para tenerlos cerca, aunque fuera en un póster pegado a la cabecera de la cama. Los fanáticos de aquella era grababan en casete y en VHS, atesoraban el CD —sobre todo si era original— y no había más red social que las cartas publicadas en las revistas juveniles, en las que se podía saber en qué estaban aquellos ídolos. El TV cable se encargó de acercarlos a través de MTV —cuando era un canal de música y no un compendio de realities de borrachos— en medio de la eterna espera de una visita a Chile.

Los Backstreet Boys comprendieron todo aquello a la perfección, con la claridad de quienes ganan dinero principalmente a través de la nostalgia. Con un setlist que aseguraba la presentación de gran parte de sus éxitos, la boy band más importante de los 90 volvió a la Quinta Vergara con la mejor sonrisa. De alguna forma, el público que agotó las entradas en dos horas había madurado junto con ellos. Muchas de sus fanáticas tienen hijos con sus nombres, tal como se repitió hasta el cansancio en los memes de la jornada. No importaba si uno tenía un poco más de guata u otro lucía un rostro notoriamente estirado. El sueño se hizo realidad, se subieron al escenario y fueron los mismos de siempre.

Rara vez se ha visto un monstruo más ruidoso como el de anoche. Al fin resultó la magia de la cámara viajera y mostró una Quinta absolutamente repleta. Tal era el entusiasmo que Martín Cárcamo y María Luisa Godoy eligieron entrar desde el palco. Nick, Brian, Kevin, A.J. y Howie D abrieron su show al ritmo de “Larger Than Life”, una canción escrita antes de comenzar el nuevo milenio y cuyo objetivo fue agradecer a sus fanáticos por el apoyo. Ellos no se guardaron los artilugios de la era reciente: Nick hizo una transmisión en vivo por Instagram.

Se trataba del número más esperado, al que le correspondía enaltecer un festival salpicado de debilidades. Desde el punto de vista del televidente, el sonido presentó algunas irregularidades y el over playback —que significa cantar en vivo sobre una pista con voces grabadas— a ratos fue más poderoso. Pero eso no importó, porque los Backstreet Boys estaban en Chile y eso superaba cualquier cosa. Es más: ningún recordatorio en contra de Nick Carter, acusado de violar a una fanática en 2003 y libre de cargos por prescripción del caso, impidió que el monstruo le gritara “mijito rico”.

Volviendo a la Quinta Vergara, el quinteto se lució con coreografías muy trabajadas y una fuerte cercanía con el público. Se cambiaron de ropa cuatro veces, de vez en cuando pasaban el micrófono a las chicas que estaban en primera fila, recogieron banderas, mostraron un cartel con una fotografía de ellos en sus comienzos e incluso tuvieron la cortesía de ensayar y mostrar su mejor español en contadas ocasiones. Gracias a eso, el monstruo pudo cantar “Nunca te haré llorar” con la fuerza de un exorcismo y abrazado a una almohada imaginaria, pensando en el amor de adolescencia. El punto máximo fue cuando la cámara enfocó a un extasiado Felipe Avello, uno más que cumplió su sueño de verlos. Una vez más, todos fuimos Felipe Avello.

La casi perfección de su show contrastó con los tropiezos de los animadores. Ante la prensa aseguraron que practicaron su inglés, pero frente a los mismísimos Backstreet Boys se enredaron con las frases y la pronunciación. Aquel porrazo dejó una lección infalible en tiempos de selección escolar: estudiar en un colegio con nombre anglo no garantiza convertir al alumno en bilingüe. De todos modos estamos en Chile, un país contradictorio que tiene el spanglish en un pedestal y que puso a los “BackstreetS Boys” como el trending topic de la noche.

Con “Everybody”, el grupo se retiró con la convicción de haber dejado satisfecho a su público y la promesa latente de regresar en el marco de la gira de su nuevo disco, “DNA”. Sin embargo, el monstruo no conoce la palabra “satisfacción” cuando se trata de estrellas de verdad, en especial si ellas no reciben la burocrática gaviota de platino. Las pifias se escucharon hasta Las Vegas, sobre todo en el backstage, que ocupó una vez más el recurso de colocar a Sebastián Yatra como escudo. Pero el colombiano recibió el reproche de un publico enojado al osar cantar como los Backstreet Boys. Los animadores tampoco hicieron mucho, con un guión sacado de un call center para intentar calmar los ánimos.

En ese clima ingresó Mauricio Palma, la carne de cañón elegida por la organización. Estaba nervioso, las palabras se le escapaban y en sus silencios cabía un universo entero. El monstruo se armó de paciencia para escuchar una rutina en la que apeló a la política y la situación país para sacar alguna sonrisa. Tuvo algunos pasajes acertados, pero lo cierto es que recibió más aplausos de ánimo que carcajadas. La lentitud de su monólogo, centrado un buen rato en las catástrofes de los últimos años, lo expuso ante un público cabreado. Tuvo que recurrir al recurso Rimember Chile —recordar comerciales, hablar de las fiestas del pasado y apelar a la misma nostalgia— para sobrevivir y no ser el segundo devorado del humor.

Recién después de la primera pausa, en la que recibió la gaviota de plata, recurrió al personaje que muchos esperaban: Violento Parra, aquel trovador ABC1 que le canta a Valle Nevado y a Lucía Hiriart. Aquel recurso le valió la gaviota de oro. El consenso fue “le regalaron las gaviotas”, pero en realidad los premios representan una indemnización por colocar a un comediante nuevo después de un número que agotó entradas en dos horas. Hubo más justicia el año anterior, cuando Sergio Freire tuvo que actuar después de CNCO, otra boy band —cuya calidad ha sido puesta en duda muchas veces— cuyas miles de fanáticas son menores de 18 años y se instalaron durante días afuera del Hotel Sheraton, llenando la vereda y dificultando el paso de los peatones.

En resumen: Mauricio Palma habrá sido débil en contenido y dejó botados al resto de sus personajes, pero pasará a la historia por dar vuelta un marcador imposible la misma noche en que Jani Dueñas borró su Twitter y le puso candado al Instagram.

Avanzada la noche, la mitad de la Quinta Vergara se fue mientras se desarrollaban las finales de las competencias que supuestamente dan vida al Festival de Viña. En la internacional, la peruana Susan Ochoa se llevó las dos gaviotas de interpretación y mejor canción con una poderosa balada. Los argentinos Destino San Javier derrotaron en la folclórica a Benjamín Walker —nominado a un Grammy Latino, pero calificado por el público con un 3,2— y también recibieron los dos premios de la competencia. Las lágrimas de los ganadores, que ven al Festival Viña como el sueño más anhelado, deberían provocar la suficiente vergüenza como para enderezar el certamen.

Camila Gallardo, “Cami”, sale a escena pasadas las 2:30 de la madrugada. Es la única artista chilena de la parrilla festivalera, pero la colocan en un horario y en un día en el que la mitad del público no se esforzaría en quedarse. Pero ella es poderosa, en voz y personalidad, y cautiva a un monstruo reducido, aunque fiel. Al principio da muestras de ansiedad, pero luego se va afirmando y se planta con la calidad vocal con la que hoy ostenta una carrera ascendente. El tuitero chaquetero afirma que “grita mucho”. Pero grita afinado, con una fuerza desgarradora que a esos mismos críticos no les sale ni en la ducha ni en la borrachera del karaoke.

Sus compañeros del jurado son sus mayores aliados. Sebastián Yatra la mira con esa devoción que sólo se ve en los mexicanos que adoran a la Virgen de Guadalupe. Loreto Aravena corea “Más de la mitad”, la misma que acompañaba sus escenas de amor en “Preciosas”. Tini Stoessel, la visita ilustre, es una de las que lidera la hinchada y a la vez abraza a un cariñoso Yatra en “Abrázame”, encendiendo las redes sociales. Cami recibe tanto amor dentro y fuera de la Quinta Vergara que aquello compensa la indecente ausencia de la galería. Martín Cárcamo le dice que cuando sea “grande, grande” volverá a recibir el cariño del público. En realidad, debió decirle que cuando sea “grande, grande” recibirá trato de show principal y no de cierre de transmisiones.

Hoy termina el Festival de Viña y, curiosamente, el público sí se quedará hasta el final gracias a Becky G. A estas alturas, lo único que se puede esperar es que tanto ella como Bad Bunny gocen de un sonido de show internacional y no de bingo de colegio. Para alivio de los animadores, estos artistas hablan español, por lo que no debería haber más condoros lingüísticos. Sin duda, esta celebración de los 60 años ha sido la más extraña de todas, como una piñata de cumpleaños a la que se rompe el cordel.

Viña 2019, día cuatro: la voz del pueblo

¿Qué se puede escribir cuando Jorge Alís ya lo dijo todo? La nómina de adjetivos para describir su rutina resulta más larga que una lista de útiles escolares de primero básico. Brillante, rutilante, hilarante, contingente, histriónico, observador. Dijo el doble de garabatos que la Chiqui Aguayo, pero los utilizó mejor. Hizo el mismo análisis matrimonial que el Stefan Kramer del año pasado, pero fue más atrevido e incisivo. Fue tan original como Felipe Avello, pero más soberbio. Continua leyendo Viña 2019, día cuatro: la voz del pueblo

Viña 2019, día tres: y se formó la pifiadera

Jani Dueñas lo tenía todo para ganar. Una rutina aplaudida a nivel internacional, una voz conocida en televisión y radio, su paso por “El club de la comedia” y el respaldo de un público adulto joven que la alentará hasta el final de sus días. Pero todo terminó en frustración nivel “no está conectado a internet“.

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Viña 2019, día dos: yo sigo siendo aquel

“¿Hay mujeres solteras? ¿Mujeres casadas? ¿Mujeres cansadas?”, fue la primera consulta que Martín Cárcamo formuló al monstruo vestido de mujer de mediana edad y con un cintillo de flores en la cabeza. Ciertamente, la segunda noche del festival fue una especie de Señorapalooza que maquilló el ensayo de revista de gimnasia que fue la jornada inaugural. Y hablamos de maquillar porque el uso de los cosméticos no asegura la cobertura total de lo que no se quiere mostrar.

Un ejemplo de lo anterior es la cámara que viaja sobre el público de la Quinta Vergara antes de presentar a los animadores. Este recurso, propio de la pirotecnia audiovisual a la que Álex Hernández nos tiene acostumbrados, al final le hace un flaco favor a los primeros minutos festivaleros. Es probable que la noche en la que actúen los Backstreet Boys sea la única en la que no se verán esos manchones vacíos en la platea al comenzar la transmisión.

Martín Cárcamo y María Luisa Godoy siguen sin soltarse las manos y uno por dentro desea que esta relación no termine como la de Rafael Araneda y Carolina de Moras. Se presentan con la mitad de los nervios de la noche anterior, más inmersos en su rol y un poco más adaptados a aquella selva envolvente que es la Quinta Vergara. Tras recordar a figuras fundamentales del certamen como Carlos Ansaldo y Jorge Pedrero, Cárcamo dedica unas palabras a su amigo Felipe Camiroaga. El público es el preciso para rendirle tributo: no es difícil calcular cuántas de las asistentes tienen un calendario con la foto del “Halcón”.

La Orquesta Filarmónica de Chile introduce a Raphael con una versión instrumental de “Yo soy aquel”. El ícono español ya había anunciado una mezcla entre música clásica y electrónica, pero nadie imaginaba el resultado. Partió con “Promesas” y la mezcla entre sintetizador y cuerdas no parecía del todo comprensible. Pero lo que vino después volvió locos a todos, en especial a los millennials que consignaban en sus historias de Instagram a aquel artista perteneciente al cancionero de la abuela.

Las reversiones de “Digan lo que digan” y “Mi gran noche” convirtieron a la Quinta Vergara en un Creamfields sinfónico, un party hard de casino social a la que estaban invitadas todas las generaciones. Con todos los dientes en su lugar, sin inmutarse y moviendo las caderas como lo haría cualquier mortal en la pista, Raphael hizo del españolísimo “Escándalo” un sutil reggaetón. A sus 75 años, “Er Niño” dio lecciones sobre cómo innovar sin morir en el intento. O sin convertirse en un eterno meme como Lucho Jara.

Pero la cátedra recién comenzaba. Apenas habían pasado 24 horas desde el homenaje a Lucho Gatica a punta de playback y la fiesta de Wisin y Yandel con el alto auspicio de la pista grabada. Raphael cantó con su voz limpia (en la que muchos se acordaron de Miguel Bosé) y sus particulares fraseos se oían impecables, porque la producción atinó a arreglar los problemas de sonido. Terminó “La noche” con una risa macabra que fue aplaudida por las áreas dramáticas de Canal 13 y TVN, instaladas en el palco tomando nota para sus proyectos. El fervoroso aplauso de Tamara Acosta, la madre que sufre por el asesinato de su hija en “Pacto de Sangre”, completó un cuadro digno de exhibir en el Louvre.

Aquella clase magistral consoló a un público cansado de los vaivenes festivaleros en términos de calidad y de paso cautivó a la juventud de hoy. “De mí pueden hacer lo que se les venga en gana”, dijo Raphael a la hora de los premios. Pero fue al revés. La fascinación en los ojos verdes de María Gabriela de Faría durante “Gracias a la vida”, la emoción de Camila Gallardo en “La quiero a morir” y el rostro embelesado de Nacho Pop son piezas que deben ser conservadas para entender de una buena vez que no todos los millennials son salchichas que escuchan reggaetón y se quejan por todo.

Hablando de quejas, después de aquella sublime sinfonía apareció Dino Gordillo. En sus gestos reinaba el temor y tenía razones de sobra: tras un despliegue comunicacional a la defensiva, que cosechó más polémica que seguridad, el humorista no sabía (y se notó) si iba a sobrevivir o terminar en el mismo cuadro del deshonor que Ricardo Meruane. Pero si hay algo que la organización del festival ha hecho bien —al menos después de la experiencia Meruane— es ubicar a sus humoristas ante públicos ideales para ellos.

En el arranque, Gordillo hizo tres cosas para acomodarse en el escenario: recordarle a la gente que la jubilación en Chile es miserable, que los cabros son más hinchapelotas que antes y que todo ha ido cambiando, un lugar común de los cuentachistes de antaño. Aquello fue suficiente para ablandar al monstruo. Lo que siguió carecía de suspenso, aunque se preocupó de actualizar los chistes repetidos: la suegra de la que tanto habló había muerto y los curas calientes ahora están en la cárcel. Bueno, no todos, pero al menos hoy es posible acusarlos a viva voz.

La Quinta Vergara, en ese momento constituida por espectadores acostumbrados a los chistes de amantes, moteles y señoras que son sacadas a pasear al mall, era ajena a la discusión incendiaria que se desarrollaba en Twitter. Mientras Dino Gordillo hablaba de la secretaria a la que le decían “qué rico huele tu pelo”, en la red social se desataba una vez más la alarma por una página llamada Nido.org, en la que sus miembros comparten fotografías de chicas con fines sexuales, comentándolas sin escrúpulos y hablando de la violación con naturalidad.

Establecer una relación directa entre las dos cosas está sujeta a cada generación. Y la que estaba sentada en la Quinta estaba muerta de la risa con la rutina de archivo de Dino Gordillo. Después de que María Luisa Godoy le dijo “hasta siempre”, el humorista interrumpió con un “no, no me voy a ir”. La lectura inicial fue que quería que le dieran la gaviota, pero al final barrió con todo pronóstico: llamó al escenario a Patricia, su pareja e inspiración de chistes, para pedirle matrimonio. Después de televisar tantos “quieres casarte conmigo” en las noches de música romántica, Viña tenía que padecer una en su propio escenario.

Mientras un tercio desaparecía del anfiteatro, el resto contempló el tropiezo de Chile en la competencia internacional. El “Por algo fue” de Neven Ilic dejó con gusto a poco y el público lo condenó con un 3,8. El jurado —con algunas notas incógnitas de sus integrantes— le otorgó un 6,2 y el artista reaccionó con el alivio propio de un estudiante de derecho que finaliza su examen de grado.

La encargada de cerrar la noche digna de la Feria del Disco fue Yuri. La mexicana abrió su show con un video futurista con el que podría presentarse a un casting para ser la versión madura de Lady Gaga. Apareció en el escenario con un cuerpo de bailarines vestidos a lo Corazones Service cantando “Este amor ya no se toca”, con el fin de capear la helada propia de la noche viñamarina. El monstruo podría estar muerto de frío y sueño, pero no podía quedar indiferente ante el cambio de vestuario de la protagonista detrás de abanicos de plumas negras.

La cantante echó guante a su porcentaje chileno y soltó un “guachito rico” al recordar a Ricky Martin. En la mitad de su show, su compatriota Carlos Rivera —o “la voz de Coco” para quienes aún no lo conocen, aunque deberían hacerlo— se subió al escenario para cantar “Ya no vives en mí”. En el diálogo previo, Yuri dijo “ya no puedo apapacharlo porque si no me rompen el hocico”, lo que abre la posibilidad de un programa en el que comparta set con Fran García-Huidobro. Tras repasar sus grandes éxitos y cantarle al amor como muchos de su generación, Yuri cerró la jornada con una versión de “Chileno de corazón” y el jurado la bailó con ganas, a excepción de (irónicamente) Luka Tudor.

La fiesta terminó a las 3:25 y la sensación que quedó en el aire es la definición perfecta de la sociedad chilena. Pueden pasar 20 años y todo sigue igual, sobre todo para las mujeres. La diferencia es que hay internet, redes sociales en las que cualquiera puede quejarse y decir lo que se le da la gana, Chile es el campeón vigente de la Copa América y Eduardo Frei ya no vive arriba de un avión.

 

 

Radiografía a los Oscar 2019: ¿Cuál será la mejor película?

Los gustos son relativos, las historias son diversas y siempre habrá una disputa entre taquilla y contenido. También hay títulos que marcan la diferencia y este año habrá un bullado round entre la era del streaming y la tradición de la sala de cine. Esta noche se entregarán los premios Oscar y una vez más no existe certeza de un ganador absoluto (un segundo “Titanic” o “El señor de los anillos” para ser exactos, hablando de la era reciente), pese a que hay dos películas que ostentan diez nominaciones cada una. Continua leyendo Radiografía a los Oscar 2019: ¿Cuál será la mejor película?

Festival de Viña: ¿Cada vez menos chileno?

“El festival latino más grande del mundo, que tiene como sponsors a las principales corporaciones del entretenimiento del planeta, no tiene dinero para remunerar a un ícono de la música chilena. Es un insulto. Recuperemos nuestro Festival. Gracias Ana Tijoux por sacar la voz”. Estas palabras corresponden a un tuiteo de Don Rorro, líder de Sinergia y segundo vicepresidente de la SCD, que encierran una crítica que ha sonado desde hace varios años en la época del Festival de Viña del Mar. Continua leyendo Festival de Viña: ¿Cada vez menos chileno?

“Lindo pero bruto”: Thalía y Lali responden al machismo

“Eres lindo, pero bruto / seduces pero sólo con el bulto / en el bolsillo sólo hay sencillo / calladito es que te veo más bonito”. Así es el coro de “Lindo pero bruto”, el single de Thalía a dúo con Lali Espósito que está circulando desde hace dos meses y cuyo videoclip fue estrenado hoy en YouTube. Ya ostenta cientos de miles de visitas en la plataforma audiovisual y su estética remite a clásicos como “Barbie Girl” de Aqua, marcada por las pelucas rosadas, los muñecos tipo Ken y la búsqueda del hombre perfecto que a veces no concluye de la mejor forma.

El contenido de la canción —tanto el video como la letra— generó diversas reacciones entre los cibernautas, aunque el apoyo sigue siendo mayoritario y en especial de las mujeres que hoy reciben con vítores la oleada del reggaetón femenino. De hecho, las defensas se basaron en las reiteradas comparaciones con “Cuatro Babys” de Maluma, que contiene frases como “siempre me dan lo que quiero”, “de sexo me tienen bien” y “se encojona si se lo echo afuera”.

En las redes sociales, en especial Instagram, hubo críticas puntuales hacia las intérpretes por la letra, que responde a la vieja escuela masculina de la seducción. Algunos cuestionaron a Lali su rol desde el feminismo y de empatar con el machismo, mientras que a Thalía le enrostraron la educación que inculca a sus dos hijos (uno de ellos varón) y sus 47 años de edad.

Hace días que se venía hablando del contenido de la canción y así respondió la argentina a través de su Twitter: “Como somos mujeres riéndonos de los hombres brutos que creen que con DINERO y sólo BELLEZA pueden enamorar es polémico…”. El resto fue pura celebración: el video se proyectó en el Time Square de Nueva York.

 

Lo cierto es que ambas artistas gozan de un buen momento en lo artístico. Thalía revitalizó su carrera poniéndose al día con la era de las redes sociales. A casi seis meses de aquel challenge del “Me oyen, me escuchan”, la diva mexicana se acercó a la música urbana y amplió su leyenda musical, que abarca desde el romanticismo con sonidos de su país como “Piel morena” y “Amor a la mexicana”, pasando por los himnos de “Mujer latina”, “Arrasando” y “A quién le importa”, hasta llegar a sonados bailables como “Desde esa noche” (con Maluma) y “No me acuerdo” (con Natti Natasha).

En tanto, Lali ha hecho lo propio con “Brava”, su tercer disco de estudio, lanzado el año pasado. La argentina ha alcanzado con éxito la internacionalización de su carrera, luego de los logros conseguidos a partir de “Soy” (2016), en el que saltó de un disco identitario a canciones que buscan conquistar nuevos espacios. Previo a “Lindo pero bruto”, Lali estrenó hace dos meses el single “Caliente” junto a la estrella brasileña Pabllo Vittar, en el que estrecha lazos con el carnaval carioca.