No es un misterio que hacer amigos en la adultez es más difícil. Cuando uno es niño, cualquier excusa es válida para interactuar y tener complicidad inmediata con otros niños. Desde “¡Mira, una lagartija!”, hasta el simple “Hola, ¿puedo jugar contigo?”, sin ninguna consideración de raza, gustos musicales, ideología, tendencia, u otros intereses, más allá de la preferencia por cierto dinosaurio.