Hace casi tres décadas, Chile se convirtió en el hogar de una de las familias aristocráticas más reconocidas a nivel mundial: los barones Rothschild, célebres tanto en la industria del vino como en el sector bancario. En 1997, una de las ramas de esta familia, representada por la prestigiosa viña Château Mouton, estableció una asociación con Viña Concha y Toro y los Guilisasti, lo que ha llevado a que sus herederos visiten periódicamente los viñedos de Almaviva, ubicados al suroriente de Santiago, donde se produce uno de los mejores Cabernet Sauvignon del mundo. Recientemente, Julien de Beaumarchais de Rothschild y Philippe Sereys de Rothschild visitaron estas instalaciones, donde el vino ha sido reconocido como “vino de la década” por el crítico James Suckling, quien le otorgó una calificación perfecta de 100 puntos.
La historia de los Rothschild en Chile se remonta a un periodo en el que el país comenzaba a abrirse al mundo tras la dictadura de Augusto Pinochet. En los años 90, el mercado del vino en Burdeos dominaba la escena global, y la producción de vino en Chile era considerada exótica. Sin embargo, los Rothschild vieron en el terroir de Puente Alto una oportunidad única. “No fue de repente que mi madre, la Baronesa Philippine de Rothschild, descubrió este lugar. Ya estaban produciendo Don Melchor y otros vinos”, comentó Julien de Beaumarchais.
La unión entre las familias Rothschild y Guilisasti se forjó en un contexto donde el conocimiento sobre el vino chileno era limitado. “Nuestra madre quería hacer algo extraordinario, ya tenía la experiencia del Opus One y buscaba un lugar para cultivar Cabernet Sauvignon“, explicó Philippe Sereys de Rothschild. La elección de Chile sobre Argentina se debió a la elegancia que buscaban en el vino, que encontraron en el país sudamericano.
Ambos barones destacaron la importancia de la relación personal en el negocio del vino. “Detrás de este vino hay una amistad que va más allá de las dos familias”, afirmó Philippe Sereys, subrayando la conexión cultural entre Francia y Chile. La familia Rothschild ha mantenido una tradición de colaboración y amistad que ha sido fundamental para el éxito de Almaviva.
El proceso de producción de vino, especialmente de lujo, es un compromiso a largo plazo. “Hacer un vino tarda años, y en un mundo donde las decisiones cambian constantemente, es un desafío”, reflexionó Philippe Sereys. Ambos barones coincidieron en que el vino es un producto agrícola que depende de las estaciones, lo que lo hace diferente de otros productos de lujo.
La tradición de Château Mouton también se extiende al arte, ya que cada año se elige un artista para diseñar la etiqueta de sus botellas. Esta práctica comenzó en 1946 y ha incluido obras de renombrados artistas como Andy Warhol y Pablo Picasso. Julien de Beaumarchais explicó que la elección de los artistas es un proceso complejo, ya que buscan grandes nombres que puedan aportar un significado especial a la marca.
El nombre Almaviva proviene de la obra Las bodas de Fígaro, escrita por Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, un pariente de Julien. Esta conexión con el arte y la cultura es un reflejo de la visión de la Baronesa Philippine de Rothschild, quien fue una figura clave en la expansión de la familia en el mundo del vino. Su legado continúa influyendo en la producción de vino en Chile, donde la familia ha dejado una huella significativa en la industria.
