Chile se enfrenta a un nuevo escenario político tras la elección de José Antonio Kast como presidente, quien ha dejado en evidencia la falta de un enfoque claro hacia la cultura en su programa de gobierno. A pesar de que la cultura no ocupa un lugar central ni secundario en su agenda, las menciones que se hacen son meramente administrativas y carecen de una visión integral sobre las artes y la creación cultural.
El vacío en la política cultural de Kast se alinea con los modelos de liderazgo que ha admirado, como el de Nayib Bukele en El Salvador, donde el control y el orden se han impuesto a costa de la libertad de expresión. En este contexto, los artistas y periodistas enfrentan un ambiente de autocensura y miedo, donde la crítica se convierte en un acto de riesgo. En Chile, esto podría traducirse en una cultura que solo es tolerada si no desafía al poder, lo que implica una vigilancia constante sobre las expresiones artísticas.
Kast también se inspira en el enfoque de Donald Trump en Estados Unidos, donde los recortes a los fondos culturales y la presión sobre las instituciones han transformado la cultura en un campo de batalla simbólica. En este sentido, la creación artística se legitima únicamente si no incomoda a la base política del gobierno. En Chile, esto podría resultar en recortes a lo que no genera votos inmediatos, afectando la sostenibilidad de la cultura.
Otro ejemplo es el de Giorgia Meloni en Italia, quien ha tomado control de los espacios culturales sin cerrarlos, reescribiendo las instituciones desde dentro y restringiendo el marco ideológico en el que opera la cultura. En este contexto, la intervención en cargos clave y la redefinición de criterios de financiamiento podrían ser estrategias que Kast adopte para moldear la cultura chilena a su visión.
En contraste, Javier Milei en Argentina ha mostrado un desprecio abierto hacia la cultura, con recortes drásticos y un mensaje claro de que el Estado no debe sostener la creación artística. Esta lógica podría establecerse en Chile sin generar un escándalo, dado que ya se ha convencido a la población de que la cultura es un lujo y no una necesidad.
La relación de Kast con figuras como Bukele, Trump, Meloni y Milei revela una afinidad con una familia política que minimiza el rol del arte y la cultura en la sociedad. Sin embargo, la situación actual también refleja una responsabilidad compartida, ya que el gobierno anterior de Gabriel Boric no logró consolidar un apoyo robusto para la cultura, dejando a las instituciones vulnerables ante un cambio de ciclo político.
La historia muestra que cuando los Estados dejan de considerar la cultura como un elemento estratégico, la creación no desaparece, pero se vuelve más frágil y manipulable. Ante este nuevo ciclo político, la respuesta de los creadores y trabajadores de la cultura debe ser la organización y la articulación de redes de apoyo, entendiendo que la cultura es un espacio fundamental para construir sentido y memoria en la sociedad. En momentos de presión, la respuesta más efectiva suele ser la colaboración y la resistencia organizada.
